¿Sabes lo que quieres? Pues sal ahí fuera y consíguelo

michael

Hay que ver cómo te puede cambiar la vida en cuestión de meses. Es alucinante. De repente, te embarcas en una aventura, lo dejas todo atrás, a tu familia, a tus amigos, a tu pareja, a todo eso que te hacía sentir que tu vida era pura comodidad y rutina. Y cuando estás montando en el barco, dejas de ver la costa y empieza el temporal, empiezas a darte cuenta de cuánto los necesitas y cuánto bien han hecho en tu vida.

Es curioso el ser humano que cuanto más tiene, menos lo aprecia, y más se cansa de lo mismo. Es muy curioso. Curioso e injusto. Porque  un día, decides que no te vas a conformar, que qué coño es eso de vivir toda tu vida donde has nacido, que qué mierdas es eso de que con un sueldecito modesto y un puesto para toda la vida tú te vas a conformar, que por qué tú no, que tú no tienes límites, y que qué haces que no estás poniendo pies en polvorosa y sales ahí fuera a comerte el mundo.

Y lo haces, y tiras adelante con todo, y cuando te das cuenta, estás con 23 años a kilómetros de distancia de tu casa, a kilómetros de distancia de lo que fue hasta el momento, el amor de tu vida, de tus padres, de tus hermanos, de tus abuelos, de todo el mundo. Estás ya solito ante el peligro y aquello que tanto ansiabas, lo estas consiguiendo: te estas autorealizando. Sí, pero a veces te preguntas si no ha sido demasiado pronto, si no has corrido más de la cuenta, si no pudiste darte un margen. Haber saboreado cada cerveza con tus amigos más de lo que lo hacías, si no tuviste más segundos para abrazarte y colgarte de los brazos de tus abuelos, de no haber disfrutado que tu madre te repitiera las cosas unas mil millones de veces, las mismas…si no pudiste decirle a tu hermana más veces lo guapa y mayor que se estaba haciendo…si no pudiste suspender dos o tres asignaturas al final de la carrera para pegarte el mes de agosto en la biblioteca tomando cafés aguados, a las tantas con tu pandilla de siempre…no sé.

Quizás esto sea ley de vida, y cuando nos decían que había que disfrutar cada momento, nos lo tomábamos a palabras de viejos,  y ahora, en vez de estar pensando precisamente en esto, deberíamos estar disfrutando lo que tenemos justo ahora mismo, que no es poco. Pero el caso es que el ser humano no se entera de que lo único que existe es el hoy, que el futuro nunca será como nos lo creímos, y que el pasado sólo está para aprender.

En cualquier caso, creo que todos tenemos siempre dos opciones en la vida, y que unos elegirán una, y otros elegirán otra, y que posiblemente, ambas funcionen, y que si funcionan no será porque sean las mas correctas, sino porque las hicimos echándole todo lo que teníamos que echarle: un par de cojones y mucha pasión. Por eso, estoy seguro de que hagamos lo que hagamos, echándole esas dos cosas, nada puede ir mal.

Que las cosas cambian, sí, y mucho. ¿Que son peores?, ni mucho menos, son distintas y, o aprendemos precisamente de lo poco que hemos valorado a veces lo que teníamos, o no seremos capaces de valorar lo que tenemos ahora, porque sino, en el próximo cambio de etapa vamos a estar escribiendo lo mismo, y no es plan.

Porque la verdad es que aunque los amigos nos vayamos dispersando, la familia cada vez esté mas lejos, y los amores de verdad cada vez se cuenten más con un cuenta gotas, los que tenemos, si es que aun lo conservamos, ya estoy seguro que no lo vamos a perder.

Por eso, creo que las cosas cambian, que nosotros cambiamos, nos moldeamos. Que cada vez lloraremos menos y sufriremos más. Que el camino empezará a llenarse de piedras, y que las letras de Calamaro cada día cobrarán más sentido; pero que para eso están los cojones, la experiencia y la pasión, para que si un día decidimos algo, no nos quede otra que ir a por ello. A muerte. Y que mirar para atrás sólo sea un gesto que hagamos para aprender y coger impulso. Porque sí, echaremos mucho de menos muchas cosas, mucha gente, y muchas situaciones, pero yo me quedo con una conversación de esta noche con un gran amigo que precisamente hoy se ha enterado que se marcha a Luxemburgo a trabajar:

- Enrique, ¿Sabes lo que quieres?

- Creo que sí.

- PUES SAL AHÍ FUERA Y CONSÍGUELO, JODER. Es la única respuesta que hay.

E.V

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A depilarse, que llegó el calorcito

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Hoy he visto por ahí más de una entrada de chicas muy indignadas con un anuncio de una marca de cuchillas de afeitar, o de cremas depilatorias, o yo qué se de qué era. Pero el anuncio viene a decir que no eres del todo mujer si no te depilas. Un poco absurdo el anuncio, sí.

http://www.youtube.com/watch?v=K5vO6MZn4WI

Pero yo me pregunto, que no te depilas ¿el qué? Es que vamos a ver si precisamos un poquito. Porque si no te depilas lo que viene siendo el jardín prohibido, tampoco me parece tan grave que aquello esté poblado. Pero como el anuncio se refiera a las piernas femeninas en primavera/verano, por ejemplo, oigan, no me jodan, entonces convengo con mi amigas indignadas que el anuncio se cuela un poco viniendo a decir que no son mujeres mujeres, pero vamos, que no hay que indignarse tanto, que es verdad que siguen siendo mujeres, aunque un poco “dejaditas” si que son eh.

A mi que no me la cuelen ahora todos los profeministas hombres con el cuento, que aquí, unas piernas suaves son unas piernas suaves. Y no me las comparen ustedes con nada.

Que una fémina no puede ir con las piernas como si eso fuera un campo de fútbol. Que no hombre, que no, que cada cosa como tiene que ser. Y a ver si ponemos ya un poco de orden, que nos vamos a volver locos todos. Entre los tíos que se hacen la cera, y las tías que se dejan melena en los tobillos vamos a acaba aquí todos pa que nos encierren.

Ya lo que nos faltaba es que ahora se ponga de moda las pelanas en las piernas de las tías. Tiene cojones. Porque si yo no me ducho un día para salir a la calle y voy oliendo a sobaca que tira patrás, tampoco dejo de ser un hombre, pero un poco guarro si que sería. ¿O no?

Así que a ver si nos indignamos todos un poco menos, y los hombres se dejan los pelos donde tienen que estar, y las mujeres se lo quitan de donde se lo tienen que quitar. Y a ver si hacemos el favor de que en uno de esos besos de película que ya no quedan, el único que sea el que pincha sea el tío. Que no veas lo desagradable que es eso de que a “Ana” le pinche el labio. Besis.

E.V

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Qué fácil es dejar de fumar cuando no te gusta el tabaco

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Y quien dice fumar, dice cualquier cosa; por ejemplo, una mujer. Porque lo malo de las adicciones es que nunca acaban bien, llega un momento en el que lo que nos ponía eufóricos deja de hacerlo y empieza a doler. Dicen que no superas tu adicción hasta que tocas fondo, pero ¿cómo sabes que lo has tocado?

Yo, una vez de pequeño, oí a mi padre decirle a mi tía, cuando ésta -no fumadora- le decía a mi padre que dejase de fumar, que qué fácil era dejar de fumar cuando no te gustaba el tabaco. Y aquello a mi me me dejó pensando. Porque parece una obviedad, que lo es. Pero hay que ver lo fácil que resulta para todo el mundo dar consejos. Y oye, que yo los agradezco, porque en el fondo, quien te los da- suponiendo que te quiere de verdad- te los da porque saben que es lo mejor para ti. Y escúchame, que sí, que uno sabe de sobra que fumar mata. Pero qué díficil se le hace a uno dejar de fumar cuanto le encanta. Y quien dice fumar, dice cualquier cosa; por ejemplo, una mujer.

Sí, sí, una mujer. Porque hay mujeres que son como el tabaco. Vamos, como una puta droga. Para entendernos, que uno empieza fumándose un cigarrito de vez en cuando, así, como el que no quiere la cosa, que si trae “pa” ca una caladita, que si toma tú otra, que si venga dame un cigarro, que si esto que si lo otro, que “paca” que “payá” y cuando te vienes a dar cuenta tienes un mono de cigarrito que no te lo crees ni tú.

Y no, no todas las mujeres son como el tabaco -que matan, me refiero, no. Pero algunas sí eh. Que yo las he conocido. No que te maten físicamente, pero que te dejan más tocado que a Pajares. Pero resulta que esas mujeres son esas que, aunque estés deseando dejar de fumar, cada noche al llegar a casa te encenderías un cigarro y te lo fumarías como si fuera el último. Y os juro que esto no es una exageración, que esto es verdad. Que esta clase de drogas, perdón, de mujeres, son de esas que o las acabas dejando, o te acaban dejando ellas a ti

Porque hay mujeres que son como la droga, adictivas. Increiblemente adictivas.  Son esa clase de mujeres que no entran en tu vida como un torbellino. Sino que lo hacen poco a poco, sin darte cuenta. Y que no sé cómo se las apañan para aparecer en los momentos que uno menos se espera. Cuando acababas de dejar el alcohol, por ejemplo. Y ala, ahí tienes delante de ti una preciosa cajetilla blanca y roja con el vaquero de Malboro cabalgando en tu cara. Ahí tienes a la mujer que durante los próximos meses, años, o Dios sabe cuánto, estará en el cajón de la mesilla de noche, esperando que la abras para fumarte el último.

Y soy consciente de que lo que te hacen sentir es tan absolutamente extraño que, aun sabiendo de los peligros que advierten las autoridades sanitarias, te los pasas por donde no os voy a decir. Porque al fin y al cabo, es parte de la vida, es parte del ser, es parte del ser humano sentirse atraído por aquello que desprende peligro. Así que oye, que si te encuentras una de estas mujeres en tu vida, tira palante, y que sea lo que Dios quiera, porque da igual lo que te aconseje, porque harás como mi padre, que sí, que dejó de fumar; a los años, y cuando a él salió de los cojones.

E.V

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No estamos para perder las malas costumbres

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De besarnos con una caricia. De desnudarnos sin quitarnos la ropa. De despedirnos en la parte de atrás del coche.

Perdiendo la mala costumbre de subir por las escaleras. De regalar libros. De firmarlos. De comer manzanas a bocados y pipas en los bancos. De escuchar la radio.  De los politonos. De cantar bajo la ducha un lunes. De perdonar. De leer tebeos.  De los toques para ligar. De escribir la carta a los Reyes. De hacernos fotos para un mural de corcho. De mandar postales. De apagar el móvil por la noche. De usar la licuadora. De reír a solas. De reírnos de nosotros. De reinos del mundo.

Perdiendo la costumbre de medirnos sólo por aquellos que se miden por nosotros. De ser lo que éramos. De no importarnos la opinión de los demás. De viajar sin rumbo. De no tener miedo. De leer miradas, labios y besos. De ser contemplativos. De recordar. De cerrar los ojos. De estar a solas. De compartir una puesta de sol. De querernos más que nadie. De decir lo que sentimos. De disfrutar un café. De admirar a nuestros mayores. De ser más personas.

Perdiendo la mala costumbre de ser héroes de nuestros amigos. De quererlos como hermanos. De discutir con ellos a la cara. De meternos el orgullo por donde siempre cabe.  De dejarnos la mochila en casa. De olvidar. De poner punto y final. De reconciliarnos a cervezas y vinos. De volver a casa sólo con ellos. De saber que son la familia que elegidos. De eso de “o todos, o ninguno”. De eso de “todos para uno, y uno para todos”.

De jugárnosla. De regalar flores. De invitar al cine. De comer con vino. De escribir de puño y letra.  De mandar cartas. De los sellos de correos. De visitar buzones amarillos. De la sobremesa. De llamar a los fijos. De rezar para que no descuelgue el padre de ella.  De picar un timbre. De recogerla en su casa. De esperar en un rellano. De besar en los portales. De querer sin recelos. De subir a una azotea. De saborear unos labios. De recorrer un cuerpo con la mirada. De acariciar una espalda con un solo dedo. De besarnos con una caricia. De desnudarnos sin quitarnos la ropa. De despedirnos en la parte de atrás del coche.

Estamos perdiendo la costumbre de vivir la realidad. De salir a la calle sin móvil. De escuchar Música. De los abrazos de verdad. De los achuchones. De las risas. De las carcajadas a la cara.  De sentir. De dejarnos llevar. De no planear, de no medir, de no buscar excusas. De dar las gracias. De decir lo siento y te quiero. De hacer el amor. De no perder el tiempo. De saber que la vida son tres días y que no estamos para perder las malas costumbres.

E.V

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Que ser valiente no salga tan caro, que ser cobarde no valga la pena.

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Que las verdades no tengan complejos, que las mentiras parezcan mentira, que no te den la razón los espejos, que te aproveche mirar lo que miras.
Que no se ocupe de ti el desamparo, que cada cena sea tu última cena, que ser valiente no salga tan caro, que ser cobarde no valga la pena.

Y es que a veces pasa que uno cree que tiene que rebajarse al nivel de unos pocos para poder devolverles ese daño que te han intentado hacer. A veces, incluso, se nos pasa esa idiotez por la cabeza. Y la verdad es que es lo más natural del mundo. Pero otras veces, lo mejor que puedes hacer, es decir que sí, como a los locos, y tirar hacia adelante. Pero todavía más, hay otras veces que no haces ni una cosa ni otra; que lo que haces es dejar las cosas pasar, y cuando han pasado, y quien pensaba que tú eras tonto, se creía que de verdad lo eras, sales tú, de la nada, y con la perspectiva que te da la distancia, esa que uno alcanza sin la ayuda de nadie, eres capaz de articular esas palabras que, en el fondo, significan lo mismo que hubieras dicho en su momento pero que, ahora, están cargadas de eso que le faltó a esa persona: cargadas de coraje, honradez, respeto y, sobre todo: sinceridad.

Porque a veces, hay gente que pasa por nuestras vidas sin haberse topado con alguien como tú. Porque normalmente, esas personas andan muy mal acostumbradas, pensando que nunca nadie los desenmascarará, pensando que el daño que producen pueden utilizarlo a su antojo, dibujando la realidad que desean y lo más vil: creyéndose dueños de la realidad de los acontecimientos, creyéndose dadores de la paz y la justicia y, en especial, creyéndose que tú eres tonto y no te das cuenta de cómo son las cosas.

Hay gente que no sabe hacer las cosas y aparenta ser malo, pero hasta el ser más torpe y malo de la tierra tiene que saber que si hay gente que nunca le ha dicho a la cara lo mala que es, posiblemente no lo haya hecho no por no haberse dado cuenta, sino por el respeto y el cariño que les proferían o, directamente, por la pena que les ocasionaban.

Y esta gente así debería saber que los que estamos a su alrededor, sabemos que son así. Y que si alguna vez les hemos tendido el brazo, alguna vez hemos apostado por ellas, o si alguna vez hemos intentado sacar lo mejor de ellas, no ha sido porque no nos diéramos cuenta, sino porque simplemente las queríamos,  porque por algún extraño motivo, quien no es como ellos, nunca puede llegar a pensar que alguien pueda tener esa falta de empatía, de sensibilidad. Porque quien no es como ellos, no es capaz de saber a qué niveles llegarán. En definitiva, quien no es como ellos, los huele, pero nunca creen que olerán tanto como pensaban.

Y ya está bien de que muchas meces nos callemos ante gente que intenta hacernos daños, ante listillos que intenta tomarnos por tontos. Ya está bien de que esas personas sigan yendo por el mundo sin que nadie les diga a la cara lo que hay que decirles. Por su bien. Porque muchas veces, esta gente se monta sus películas, se creen que son invencibles y que nada puede con ellos. Suele ser gente que en su vida ha sentido amor por nadie, que el egoísmo y la soberbia han sido parte de su ser y que, normalmente, vienen estando disfrazas de personas aparentemente agradables, que parecen no tener enemigos, que parecen no haber roto un plato en la vida, y que, evidentemente, nunca dirán una palabra más alta que la otra. Suele ser gente que, si investigas un poco, no tiene grandes amigos, pero que está en mil grupos y en ninguno, suele ser gente manipuladora, que cree dominar a su pequeño círculo y que, para esa persona, siempre todo está bien, guay, genial, e hiperfantástico.  Aunque siempre están bien si en el momento las circunstancias fácticas les convienen, sino, no tendrán los cojones de decirte a la cara que esas circunstancias no les convienen, sino que moldeará la realidad de algún extraño modo para hacer creer a los demás todo lo contrario, y ahí es precisamente donde la gente así toca fondo.

Hay que saber decir las cosas claras, decirle a esa clase de gente que la vida son tres días, y que no debe ser muy agradable acostarse sabiendo lo mal que hacen las cosas, la falta de sensibilidad que tienen y lo cobardes que son. Y que hacerles ver que manipular es una costumbre que se vuelve contraproducente. Porque esta gente así acaba sola, acaba recibiendo de lo mismo que difunde, acaba dándose cuenta que su paso por la vida está siendo muy lamentable y, sinceramente, no es que debamos alegrarnos de que esto sea así,  porque la gente así sólo tiene por bandera encubierta el egoísmo por razones de desconfianza, cobardía y miedo a sufrir, y bastante tienen ya con eso.

Por eso, quien no es como ellos, y ha tenido la enorme valentía de intentar no creerse eso que olían, que le decían, y que palpaba en ocasiones; cuando ha dado la mano, el brazo y el cuerpo entero si ha hecho falta, y ha visto como por quien la ha dado, se ha intentado reír, le ha intentado manipular, y le ha intentado hacer creer eso que esa persona se creía, para poder dormir tranquila los domingos después de misa, tiene que tener la misma valentía para saber decírselo. Para saber decirle a la cara que uno no ha sido tonto. Que uno ha querido a esa persona con sus defectos y sus virtudes y, que incluso hubiera estado dispuesto a soportarlos, pero sobretodo, que había sido consciente siempre. Que si lo toleró no fue porque sí, fue porque precisamente tú tenías una capacidad que esa persona jamás tendrá; y por eso hay que saber decir las cosas, sin miedo, porque ya es hora de que las verdades no tengan complejos, que las mentiras parezcan mentira, que ser valiente no salga tan caro y que ser cobarde no valga la pena.

E.V

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Irse a Madrid a vivir, y viceversa.

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Haber vivido en Madrid, siendo de fuera y, aunque haya sido por poco tiempo, te da para darte cuenta de cuántas cosas pueden cambiar en sólo 600 km de distancia.

Para empezar, llegas queriéndote comer el mundo. Llegas con una carrera por delante, un máster, un trabajo, o lo que sea. Y cuando estás allí, al principio, todo te parece increíble, y no porque tú vengas de un pueblo precisamente, sino porque el rollo de lo cosmopolita, de las avenidas de siete carriles, la cantidad de peña que hay por ahí y los pasos de peatones donde se libran batallas romanas para cruzar, te resulta, cuanto menos, sorprendente.

Sin embargo, cuando empiezas a caer en la realidad, lo sorprendente, se vuelve más sorprendente aún.

Y te sorprende, por ejemplo, la cantidad de vendedores de cerveza, con cara de llamarse Yasurillamilé, que hay sueltos por  Madrid. La cantidad de Bob Esponja con más mala cara que un cochillino matao a pellizcos que hay pululando por Sol, la cantidad de cabras haciendo ruidos satánicos que hay en cada semáforo, y la cantidad de chavalitos jóvenes, con pinta de homosexuales, besando a niñas en las puertas del metro, que ya quisiera uno. Y así, numerosos episodios sociales dignos del mejor análisis del gran Iker Jiménez.

Pero si hay un fenómeno que te deja anonadado es que, en Madrid, por las mañanas, si alguien -algún desconocido-, te da los buenos días, te sientas afortunado, feliz, pletórico, el rey del mundo. Pero te sorprende más aún al ver la cara de las señoras mayores cuando eres tú el que le das los buenos días o le sostienes la puerta. Porque, si te contesta o te da las gracias, será la experiencia más excitante que habrá tenido esa señora en las últimas siete mañanas que ha salido del portal de su casa. Y tú, algo que veías como normal, lo conviertes para ella en eso, en un acto excepcional, salido de alguien venido del más allá.

Te sorprende también que, por alguna extraña razón, en Madrid, todo el mundo tenga clases de tenis, pintura, o vete tu a saber el qué, después de hacer sus quehaceres diarios. Y que después de esas clases, todos estén cansadísimos, y que, si no has quedado con ellos- con una media de dos o tres meses de antelación-, ni se te ocurra poder quedar con ellos. Porque en Madrid eso de “en 15 minutos nos vemos”, no pasa. Aunque si lo consigues, ten en cuenta que, en Madrid, entre semana – incluso en algunos casos en fin de semana-, dificilmente podrás reliar a ninguno de ellos. Porque si quedan a las 8 a tomar una cerveza, créeme que a las 10 ya tendrán otro plan,- de otras dos horas exactamente- o, directamente, tendrán que tomar cuatro metros, siete cercanías y un par de taxis para poder llegar a casa a cenar a una hora razonable. Y esto no es porque decidamos juntarnos con madrileños que vivan en el extrarradio más lejano de la provincia, sino porque aquí, el termino “al lado” supone, una distancia media de 40 minutos en metro. Y aquí aparece otro elemento muy grandioso de Madrid. Su metro.

Que al principio te hace gracia y tal, en plan “qué pasada kiyo, aquí te cruzas la ciudad en un plis plas”. Sí sí, lo que tu digas, pero viajar en metro es una auténtica experiencia terrorífica. Así de claro. Terror es lo que se siente a veces. Y no ya porque huela  a gloria, sino porque te vuelves un maldito ser albino. El sol no te da nunca. Vas de punta a punta soterrado. Aislado. En otro mundo. Que uno para el verano va a necesitar siete quilos de crema solar para evitar quemaduras solares de decimoquinto grado. Y bueno, todo eso sin contar con que, cuando empieza a llegar el calor, ese olor a gloria característico de la línea 6, a las cuatro de la tarde, pasa a ser de categoría Gloria Bendita.

Y ahora viene otra. Que es la de los “grupitos”. A ver, yo es que de esto no entiendo demasiado porque yo sólo tengo un grupo, y en él se mezclan todos. Pero en Madrid, como no hayas hecho una carrera, o estudiado allí, es más difícil entrar en un grupo que negarse a una Cruzcampo a las 3 de la tarde en agosto. Y no es que sea difícil porque ellos no sean buena gente o quieran hacerte el vacío. Que no es por eso, porque son gente bastante agradable y simpática. Es difícil por una sola razón: porque no saben en qué grupo meterte y, sobretodo, cómo hacerlo para que no coincidas entre ellos ; me explico:

En Madrid, por lo que parece, los grupos se forman en torno a algo; véase la sala de paritorio en la que te tocó nacer, la guardería, el colegio, la universidad o, evidentemente, el grupo de clase de pintura en el que se apuntaron a principios de septiembre. Por tanto, como llegues allí, de nuevo, y no seas de ninguno de esos grupos, pues sí, vas a conocer a muchísimas personas increíbles y maravillosas; vas a tomar muchas copas y muchas cervezas y, sobretodo, irás a casas de gente que no conoces de nada a “hacer copas” (que no botellón, ni nada de eso, no, “hacer copas”,que queda más fino, aunque lo que te bebas sea Larios del chino -un chino, por cierto, que vive al lado de tu casa y que, como leí por ahí una vez, hablas más con él que con tus padres).

Pero todas estas experiencias, van a ser individualmente con ellos, y en grupos espóradicos e inconexos. Porque recibir una llamada para salir a tomar un café  (no copas, no, un café) con “su grupo” va a ser difícil. Bueno, difícil o imposible en algunos casos. Pero tranquilo, porque siempre te quedará apuntarte a clases de pintura, a la que está apuntado tu amigo madrileño de la playa y ahí, ya empezarás a formar parte de un grupo, que nunca podrás mezclar con el del club de tenis, o el de pádel. Jamás.

Total, que así podría seguir mucho tiempo escribiendo,porque Madrid da para mucho y es muy distinta, pero lo que dificilmente pasará es el no estar agradecido a una ciudad que sí, que es Madrid y tiene cosas chocantes, pero que le abre las puertas a todo el mundo, donde quien busca encuentra, quien quiere irse, se va  y quien quiere comerse el mundo, se lo come. Aunque sea después de dos horas de metro y un curso de pintura.

E.V

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Lo malo de lo bueno, lo bueno de lo malo y lo bueno de lo bueno.

sonrisa2 (1)Lo malo de lo bueno y lo bueno de lo malo es que es un lío.

Tan lío, que sólo se entenderá con una de más.

Porque por ejemplo, lo malo de lo bueno es que lo bueno sólo aparece cuando se compara con lo malo. Y lo malo de eso es que nos pasa a todos, y nos seguirá pasando. Y como seguirá pasando, lo bueno sería que nos fuéramos acostumbrando a valorar lo que tenemos, cuando lo tenemos, y no cuando lo perdemos. Porque luego, lo malo, es que el bueno se vuelve malo, y el malo se vuelve bueno, y es un follón. Porque lo malo siempre fue malo, aunque se disfrazara de bueno. Y aunque esto está ya más visto que el comer, y hay refranes para dar y regalar, no viene mal tenerlo en cuenta. Vamos, que sería bueno que lo pensáramos para dejar de ser tan malos. Porque si algo malo tiene lo bueno es eso: que sólo se aprecia en su ausencia y no en su presencia.

Pero si lo malo de lo bueno es que no se aprecia, sino en su ausencia, es que lo bueno de lo malo es que se aprecia en su presencia. Pero eso es bueno, porque la presencia, por naturaleza es caduca. Y cuando lo malo caduca, suele ser tarde. Porque te has descentrado. No has valorado a lo malo y lo bueno queda lejos. Y entonces, sólo te queda apreciar lo que ya no está. Y eso también es lo bueno de lo malo. Porque te hace saber que aquello era malo. Te hace intentar sacar lo bueno de lo bueno, en su presencia y no en su ausencia y que, aunque sea tarde, y la distancia se interponga, te cojas, te líes la manta a la cabeza, te pilles un tren y te vayas en busca de su presencia, volviendo atrás, cogiendo más fuerza y, sabiendo el valor de su presencia.

Total, que si lo malo y lo bueno tienen cosas malas y buenas, aquí, ni todos somos tan buenos ni todos somos tan malos, porque lo malo tiene su lado bueno y lo bueno su malo. Y por eso yo me pregunto por qué no empezamos a valorarlo en su presencia, y no en su ausencia. En definitiva, por qué no aprendamos a ver lo malo de lo bueno, lo bueno de lo mano, y si puede ser, luchar por ver siempre, lo bueno de lo bueno.

E.V

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Los valientes no creen en cuentos de hadas

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El valiente no es valiente por ser loco, es loco por ser valiente; y tan valiente que el valiente es valiente, hasta que el cobarde lo consiente

Porque el valiente no cree en cuentos de hadas. Y va a lo que va. A la vida. Al ser. A lo que hay. A lo que siente. Sin juegos. Sin rodeos. Sin rollos. Aparcando la frialdad. Tampoco los valientes entienden de peros, ni de armonías. Porque los valientes sólo tienen miedo a ser cobardes. Y aunque pueda resultar un problema, no les importa. Y si caen, recuerdan cuántas batallas ganadas y cuántas quedarán por ganar.

A los valientes no les importa el cómo; sólo el qué. Y lo único que ansian es  luchar por lo que aman. Y sí, los valientes pierden el norte, pero es que los valientes tienen alma de sur. Y su único norte es su pasión.  Porque los valientes viven a su manera. Y lloran. De alegría y de pena. Y saben reír. De la vida, de su vida. Porque los valientes son viscerales. Y no hallan tiempo en calcular los cómos. Los valientes lo hacen. Y su único mapa es su corazón. Su único planteamiento es vivir. Y su único fin es hacerlo a su estilo.

Los valientes saben lo que es tirarse sin paracaídas. Y no es que sean valientes por hacerlo, lo son por saber que lo volverán a hacer. Sin miedo a los fantasmas del pasado. Porque los mirarán,  mirarán sus cicatrices. Sonreirán y se lanzarán. Y lo harán. Porque la paciencia nunca fue su virtud y su falta de tiempo no le hace hueco al rencor, al odio o la resignación. Y por eso los valientes no entienden de grises, ni de medias tintas. Y son impulsivos. Locos.  Porque sólo los valientes saben amar lo que hacen y no le temen a la locura. A robar un beso, a morder unos labios o decir un te quiero. Porque siempre prefieren pedir perdón que  permiso.  

Porque ,a fin de cuentas, los valientes olvidan y perdonan. Y perdonan olvidando. Aunque sin olvidarse de recordar. Y es que el valiente no es valiente por ser loco; es loco por ser valiente; y tan valiente que el valiente es valiente, hasta que el cobarde lo consiente.

E.V

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Un cocido exquisito. Un cocido, de categoría

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De eso que llega el viernes, fin de la semana, y te sientas, y dices: pues otra más.

Y te pones a ocupar tu cabeza, y te da por hacer garbanzos. Literal. Y te preparas dos ollas de cocido madrileño-  que son dos porque no calculas bien las medidas- con su repollo y su todo; con la firme intención de que te dure, al menos, para una semana. Y mientras, te pones a pensar en la semana mirando el fondo de la cazuela como si te fuera a revelar el secreto de la Cocacola.

Y no te queda otra que decir: valiente locura de semana. Y después de eso, y de pegarle dos sorbos al cocido, – a ver cómo va el invento-  y dejarte la lengua, el paladar y la boca en general, te das cuenta que has puesto la vitro muy alta. Y que los garbanzos se están deshaciendo antes de que se cuezan las zanahorias, el repollo y lo demás. Y te acuerdas de tu madre diciéndote que tú, con tus ganas de comerte el mundo, y por ganar la gloria, ibas a perder el cielo… y vaya si lo he perdido hoy… porque el de la boca,no me lo siento.

Y caes en la cuenta que el ingrediente principal del cocido- o puchero según qué latitudes- es el garbanzo. Y vas a echar a perder un cocido entero, con la ilusión que le pusiste tú cuando compraste todos sus ingredientes. Con ese orgullo y satisfacción que le entró a tu madre al enterarse. Con esas ansias locas de decir: he hecho mi primer cocido.

Y es que te fijas y tienes la vitro al 9. Al máximo. Para que se haga cuanto antes; para no “perder tiempo”. Pero claro, cada plato tiene su punto de coción, y normalmente, los que están mas ricos, los mejores, los que se saborean de verdad y te comes con más ganas -con su bollito preñao, sus relametones y rechupeteo, son los platos que se hacen a fuego lento.

Por eso, lo mejor que he hecho ha sido cogerme un cigarrito, un cenicerito, bajar el fuego, ponerlo al 4 y oye, que es viernes, que tienes tiempo, que seguro que así se hace un buen cocido, con sus garbancitos, su calabaza, su morcillita y su tiquiticata.

Y es que aunque tarde más en hacerse, y te de miedo que no acabe de cocerse, al final, seguro que con cariño, con relajación y con un buen paquete de tabaco al lado y tu chatito de vino, se acaba guisando un cocido exquisito. Un cocido, de categoría.

E.V

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Clúster Energético Andaluz

renovableEl Clúster Energético Andaluz del sector de las energías renovables fue promovido hace ya un año por la Asociación de Promotores y Productores de Energías Renovables de Andalucía (APREAN).

Este clúster andaluz surge como agrupación de empresas, organismos oficiales, centros tecnológicos y de investigación, universidades y fundaciones públicas, entre otros agentes, para emprender acciones relacionadas con la innovación, el desarrollo y la investigación, que fortalezcan la competitividad de las empresas andaluzas del sector energético limpio.

Sus objetivos se centrarán principalmente en promover la colaboración de múltiples entidades del campo del I+D+i capaces, en conjunto, de desarrollar y llevar a cabo proyectos de envergadura en aprovechamiento y avance de toda la base y conocimiento tecnológico ya alcanzado en Andalucía, con liderazgo mundial reconocido.

El clúster, concebido como agrupación empresarial innovadora, cuenta actualmente con 68 entidades adheridas, si bien se pretende seguir sumando actores involucrados en los fines y objetivos, entre los que se encuentra posibilitar que las empresas puedan acceder a ayudas y subvenciones de proyectos europeos relacionados con la innovación y mejora de la competitividad.

Entre los miembros que actualmente forman parte del mismo, se encuentran el Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas (CIEMAT), dependiente del Ministerio de Economía y Competitividad; la Universidad de Jaén; la Universidad Pablo Olavide, de Sevilla; la Fundación Habitec; la Fundación Descubre; agencias municipales y provinciales de la energía (Málaga y Córdoba); además de las principales empresas de renovables de España y la compañía eléctrica Endesa Distribución.

E.Vélez

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